El Real Oviedo se apaga en La Cartuja

El Real Oviedo volvió a caer, pero lo peor no fue el resultado. Lo verdaderamente doloroso fue la sensación de déjà vu, de estar viendo una historia que ya se ha contado demasiadas veces esta temporada. En La Cartuja, el equipo asturiano se fue apagando poco a poco hasta desaparecer, como una vela que lucha contra el viento pero termina cediendo.
Y eso que el inicio invitaba a creer. Durante unos minutos, el Real Oviedo pareció un equipo vivo, con intención, con cierta valentía. Hubo una ocasión temprana que hizo levantarse a más de uno del asiento, un aviso de que quizá, solo quizá, el guion podía cambiar. El balón circulaba con cierta lógica, el rival no terminaba de asentarse y el partido estaba donde el Oviedo quería.
Pero la esperanza en este equipo dura lo justo. Es frágil, casi transparente. Se rompe con facilidad.
El Real Betis, sin hacer demasiado, empezó a encontrar espacios. No dominaba con claridad, pero tampoco lo necesitaba. Le bastaba con esperar el error. Y el error, como tantas otras veces, llegó. Una pérdida evitable, una transición mal defendida, una decisión a destiempo. Y de repente, el 1-0. Sin aviso. Sin necesidad de construir demasiado. Solo aprovechar.
Ahí cambió todo.
El Oviedo no se cayó de inmediato, pero empezó a dudar. Y cuando este equipo duda, se descompone. Lo intentó, sí. Hubo centros, llegadas, alguna acción que parecía poder cambiar la inercia. Pero faltaba precisión, claridad, calma. Todo iba un segundo más lento de lo necesario o un punto más impreciso de lo exigido.
En medio de ese intento de reacción llegó la jugada que terminó de enturbiarlo todo. Una acción en el área, una entrada que parecía clara, o al menos discutible. De esas que otras veces se pitan. De esas que esta temporada, casi siempre, caen en contra. El VAR revisó, el estadio esperó… y nada. Córner. Otra vez la sensación de remar contra algo más que el rival.
Y como si el fútbol tuviera memoria inmediata, apenas unos minutos después llegó el segundo golpe. Otra pérdida en zona comprometida, otra transición mal gestionada, otro gol. El 2-0 cayó con ese peso invisible que tienen los goles que no solo amplían el marcador, sino que rompen por dentro.
La segunda parte empezó con interrupciones, con un susto en la grada que detuvo el tiempo y recordó que hay cosas más importantes. Pero cuando el balón volvió a rodar, el partido siguió donde lo había dejado: lejos del alcance del Oviedo.
Hubo un pequeño espejismo. Un gol que pudo ser, que se celebró a medias, que duró lo que tarda el VAR en trazar una línea. Anulado. Como tantas otras cosas en esta temporada.
Entonces apareció Santi Cazorla. Y por un momento, el fútbol fue otra cosa. El estadio, incluso siendo rival, se rindió a su figura. Un aplauso largo, sincero, que contrastaba con todo lo demás. Fue un instante bonito en medio de un partido gris. Pero también tuvo algo de simbólico: nostalgia, memoria, lo que fue y lo que ya no es.
El tercer gol terminó de cerrar la historia. Otra vez un error. Otra vez el castigo inmediato. Ya no quedaba partido, solo tiempo. Un tiempo espeso, lento, en el que el Oviedo lo intentaba sin convicción, como quien cumple con lo que queda sabiendo que ya nada va a cambiar.
El Betis, cómodo, ni siquiera necesitó apretar. Se limitó a dejar pasar los minutos, a gestionar la ventaja, a esperar el final. Porque el final llevaba escrito mucho antes del pitido.








Comments are closed.