Un punto de orgullo para seguir creyendo

El Real Oviedo sigue agarrado a la vida. No con brillantez, no con grandes alardes futbolísticos, pero sí con algo que a estas alturas vale casi más que todo eso: orgullo, fe y muchas ganas de pelear hasta el final. El empate (1-1) ante el Villarreal CF no soluciona la situación, porque la permanencia sigue estando a seis puntos, pero deja claro que este equipo no se va a rendir sin dar guerra.
El ambiente en el Carlos Tartiere ya avisaba de que no iba a ser una noche cualquiera. Hacía tiempo que no se escuchaba con tanta fuerza el “Volveremos”, y eso se notó desde el primer minuto. El Oviedo salió con energía, con intención de llevar el partido a su terreno, de empujar al rival hacia su área. Durante los primeros compases hubo ritmo, disputas, duelos… de esos partidos donde cada balón parece el último.
Pero claro, enfrente estaba un equipo como el Villarreal, que no necesita dominar para hacer daño. Le bastaba con encontrar espacios para correr. Y en una de esas acciones llegó el primer gran momento de la noche… y también la polémica. Una jugada rápida a la espalda de la defensa, un mano a mano que termina con penalti. El árbitro no lo señaló al principio, pero el VAR le llamó y acabó pitándolo.
Ahí apareció Aarón Escandell para detener el lanzamiento de Dani Parejo. El estadio estalló como si fuera un gol. Era uno de esos momentos que pueden cambiar un partido. Pero lo que vino después dejó a todo el mundo descolocado. Sin que nadie lo entendiera demasiado bien, el árbitro decidió repetir el penalti por una supuesta invasión en el área. Esta vez no perdonó el Villarreal y el 0-1 subió al marcador en medio de una enorme bronca en la grada.
Un golpe así duele. Y mucho. Pero el Oviedo no se vino abajo. De hecho, reaccionó rápido, con un disparo de Sibo que rozó la escuadra y levantó a la afición de nuevo. Aun así, el equipo sufría cuando tenía que llevar la iniciativa. Le costaba generar, encontrar espacios, crear peligro real. Mientras, el Villarreal seguía esperando su momento para salir al contragolpe.
Tras el descanso, la cosa cambió. El Oviedo salió con otra cara, más decidido, más valiente. Empezó a encontrar espacios por la izquierda y a pisar área con más frecuencia. Las ocasiones no eran clarísimas, pero sí suficientes para sentir que el empate podía llegar en cualquier momento.
Y acabó llegando. En una jugada algo embarullada, con dudas incluso sobre una posible mano previa, el balón le cayó a Ilyas Chaira, que no se lo pensó. Disparó, el balón tocó en Parejo y despistó al portero. Gol. El Tartiere se vino abajo. Era el premio a la insistencia y, sobre todo, a no haberse rendido tras lo ocurrido antes.
Con el 1-1, el partido se volvió loco por momentos. El Oviedo empujaba, la grada apretaba y el Villarreal también tenía sus opciones. La más clara, un cabezazo al larguero de Ayoze Pérez que heló el estadio por un segundo. El balón botó cerca de la línea, pero no entró. Ahí el Oviedo volvió a respirar.
Los minutos finales fueron de puro corazón. Presión, cansancio, centros al área, intentos desde lejos… todo lo que se podía dar. No llegó el gol de la victoria, pero sí un aplauso sentido de la afición, que reconoció el esfuerzo de los suyos.
El punto sabe a poco en la clasificación, porque la situación sigue siendo muy complicada. Pero en lo emocional puede valer mucho. Porque este equipo, con todas sus limitaciones, sigue creyendo. Y ahora, sin tiempo para pensar demasiado, ya mira al siguiente partido: una auténtica final ante el Elche CF. Ahí ya no hay margen. Ahí hay que ganar.








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