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Hay descensos que se viven como una derrota. Y hay descensos que, aunque duelan, terminan recordándote quién eres. Lo de hoy duele. Duele porque llevábamos meses viéndolo venir y aun así uno nunca está preparado para ver caer al club de su vida. Pero esto no es volver al barro. El barro ya lo vivimos. Ya vivimos situaciones infinitamente peores, años de miedo, de vernos en el abismo de la desaparición, de campos imposibles, de sufrimiento de verdad. Y sobrevivimos. Por eso, aunque hoy escueza, esto para un Oviedista de verdad solo es otra piedra más en el camino. Y si algo hemos demostrado siempre es que sabemos caer y levantarnos.

Porque este club nunca fue cosa de categorías. Nunca lo fue.

Ser del Oviedo nunca entendió de Primera, de Segunda o del barro de Tercera. Ser del Oviedo es otra cosa. Es un sentimiento que se hereda, que se queda dentro para siempre. Yo todavía recuerdo a aquella niña a la que un día llevaron al Tartiere y ya no hubo marcha atrás. Aquella niña que creció entre bufandas azules y tardes de fútbol. La misma con la que se metían en el colegio por ser del Real Oviedo, como si querer a tu equipo fuese algo de lo que avergonzarse. Pero aquella niña como muchos otros Oviedistas nunca agacharon la cabeza. Nunca escondieron sus camisetas. Las llevaban con orgullo porque entendían algo que muchos tardan años en comprender: que ser del Oviedo no se explica, se siente.

Y quizás por eso en esta afición somos diferentes. Porque cuando todo se hundía, cuando parecía que el club desaparecía para siempre, hubo miles de locos que nunca fallamos. Miles de personas que seguimos estando cuando no había nada que celebrar. Nosotros sostuvimos al Oviedo cuando más falta hacía. Nosotros llenamos el Tartiere en los peores años, animamos en todos los campos y convencimos a toda una ciudad de que todavía merecía la pena creer. Sin esa gente el Oviedo nunca habría vuelto. El fútbol nos debe mucho a esta afición. Muchísimo más de lo que muchos imaginan.

Y si hay alguien que representa todo eso, ese orgullo de pertenencia y esa lucha constante, ese es Santi Cazorla. Su historia y la del Oviedo siempre parecieron caminar de la mano. A él le dijeron que, con suerte, volvería a caminar con sus hijos después de aquella terrible lesión. Pero nunca bajó los brazos. Siguió peleando cuando parecía imposible, igual que hizo el club de su vida durante tantos años. Y terminó devolviendo al Oviedo a Primera, como si el destino le debiese ese final.

Los oviedistas le estaremos siempre agradecidos. No solo por lo que consiguió, sino por cómo lo hizo. Por ser un Oviedista más dentro del vestuario y demostrarlo en cada partido. Sobre todo en estos últimos. Daba igual la edad, el cansancio o lo que pesasen las piernas. Peleó y corrió como el que más porque sabía lo que estaba en juego. Porque entendía que, si dejandose la piel en el campo podía salvar al club de su vida, lo haría una y mil veces más.

Hoy toca llorar, porque algo por muy esperado que sea no duele menos.

Pero que nadie tenga duda que desde mañana volveremos a pelear por volver. Volveremos, no sabemos cuando, pero volveremos. Y eso es lo que nos hace grandes el no necesitar una categoría para sentirnos orgullosos de nuestro equipo. Porque ser del Real Oviedo es un estilo de vida, porque para un Oviedista el Real Oviedo es su vida.

Nos seguiremos viendo en las previas, en la grada y en cada desplazamiento pase lo que pase.

¡¡¡Esti muertu ta mui vivu!!!

¡¡¡VOLVEREMOS!!!