Había dudas. España no había convencido en su estreno mundialista y necesitaba una reacción inmediata. En ese escenario apareció Mikel Oyarzabal. Cuando el equipo necesitaba un líder, el delantero de la Real Sociedad asumió la responsabilidad y firmó una actuación espectacular para guiar a La Roja hacia una contundente victoria por 4-0 frente a Arabia Saudí.
Desde el primer minuto se vio a un Oyarzabal diferente. Activo, participativo y con hambre de protagonismo. Primero encontró a Lamine Yamal con una asistencia de auténtico delantero moderno, capaz de interpretar cada movimiento de sus compañeros. Poco después llegó su momento. Dos apariciones letales dentro del área bastaron para demostrar por qué sigue siendo una pieza fundamental en los planes de Luis de la Fuente.
Más allá de los números, que ya de por sí fueron sobresalientes, el partido de Oyarzabal transmitió liderazgo. Presionó, pidió el balón, ayudó en la construcción y fue el referente ofensivo que España necesitaba. Cada vez que el balón pasaba por sus botas daba la sensación de que algo importante podía ocurrir.
Su exhibición llegó además en un momento clave. Tras un debut gris de la selección y después de una actuación discreta en el primer encuentro, el atacante respondió como lo hacen los grandes futbolistas: sobre el césped. Sin hacer ruido, sin buscar excusas y dejando que el fútbol hablara por él.
La imagen de Oyarzabal abandonando el terreno de juego entre aplausos resumió perfectamente su tarde. Dos goles, una asistencia y la sensación de haber sido el motor de una España que recuperó la sonrisa. Su actuación no solo le valió el premio al mejor jugador del partido, sino que también refuerza su candidatura para convertirse en uno de los nombres propios de este Mundial.
Porque cuando España necesitó un líder, Oyarzabal apareció. Y lo hizo a lo grande.




