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El frío llegó temprano a O Couto, como si también quisiera formar parte del espectáculo. Las bufandas azules se agitaban bajo la niebla, y el olor a hierba mojada. Era una noche de Copa. Y eso, en Ourense, significa algo más que fútbol.

Durante los primeros minutos, el Real Oviedo impuso su jerarquía. Toques cortos, posesión serena, la sensación de que el guion era el esperado. Brekalo, desde los once metros, abrió el marcador y recordó al público quién jugaba en Primera división y quién en Primera RFEF. Pero O Couto no entiende de categorías. No lo hizo nunca.

Andrea Cid / pasión deportiva España ©️

El Ourense resistió, se sostuvo en su gente, en el ruido que empuja cuando ya no quedan fuerzas. Y tras el descanso, el impulso se transformó en rebeldía. Jerin Santos, con el alma, empató el partido y encendió una chispa que ya nadie podría apagar. Ilic volvió a adelantar al Oviedo, sí, pero el destino ya había elegido bando.

El reloj se moría. Minuto 90+4. Un centro, un rebote, y Aymane Jelbat apareció entre un mar de piernas para empujar la pelota y el corazón de una ciudad entera dentro de la portería. O Couto explotó. Nadie lo creyó posible, pero todos lo soñaron. Y en la prórroga, la historia se volvió leyenda.

Omar, con la serenidad de los que saben lo que representan, marcó el tercero. Y ya cuando el Oviedo se derrumbaba, Amin Abaradan transformó un penal que sonó a justicia. 4–2. Una noche escrita en mayúsculas.

Andrea Cid/ pasión deportiva España ©️

El pitido final no fue un sonido, fue una liberación. Los jugadores abrazados, la afición llorando, las luces temblando sobre un césped que se convirtió en altar. En el rostro de cada jugador del Ourense había una mezcla de incredulidad y orgullo. En las gradas, una certeza: que lo vivido no se olvida.

Porque el Ourense no sólo ganó un partido. Volvió a creer. Y la Copa del Rey, esa vieja romántica que nunca muere, encontró en Galicia un nuevo capítulo para contar.

Andres Cid / pasión deportiva España ©️