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El Real Oviedo volvió a tropezar cuando más lo necesitaba. Derrota ante el Elche CF (1-2) en otra de esas “finales” que se han ido escapando durante toda la temporada. Y esta, quizá, duele más que ninguna. Porque el margen ya es mínimo, porque la permanencia queda a siete puntos con solo quince por disputarse y porque, ahora sí, el descenso empieza a parecer demasiado cercano.

El partido nació torcido desde el primer momento. Apenas había dado tiempo a que el Tartiere se acomodara cuando Pedro Bigas controló lejos del área y soltó un disparo potente, directo a la escuadra. Imposible para Aarón Escandell, que reaccionó tarde por cuestión de centímetros. Era el 0-1 y un golpe durísimo para un equipo que necesitaba todo lo contrario: empezar fuerte, creer.

Pero no hubo tiempo ni para asimilarlo. El Oviedo intentó recomponerse, pero pronto llegó otro error, de esos que están penalizando toda la temporada. Gonzalo Villar robó en campo rival tras una mala salida, combinó con Álvaro Rodríguez y acabó marcando el 0-2. Solo habían pasado 16 minutos y el partido ya parecía una montaña imposible de escalar.

Lo más preocupante no era solo el resultado. Era la sensación. El Elche jugaba con calma, con orden, con la claridad de quien sabe lo que hace. El Oviedo, en cambio, vivía acelerado, impreciso, sin encontrar caminos. La defensa, con muchos cambios, transmitía inseguridad en cada acción. En el centro del campo, la pareja formada por Sibo y Fonseca no lograba dar continuidad al juego. Y arriba, Federico Viñas peleaba prácticamente solo, intentando sostener lo que podía.

Ni por banda ni por dentro había respuestas. Ni Vidal ni Hassan lograban desbordar o generar peligro. El equipo movía el balón sin profundidad, sin ritmo, sin convicción. El Elche, sin hacer un gran partido, no necesitaba más. Le bastaba con esperar y aprovechar los errores. Así se llegó al descanso: sin ocasiones claras, con el 0-2 en el marcador y con una sensación de impotencia que pesaba demasiado.

Tras el paso por vestuarios, Guillermo Almada movió el banquillo buscando algo diferente. Entró Thiago Fernández, y con él llegó algo de chispa, de intención. No se tradujo de inmediato en ocasiones, pero al menos el equipo empezó a pisar campo rival. Después llegaron más cambios: Santi Cazorla y Borbas entraron para intentar dar otro aire, y el dibujo cambió a una defensa de tres centrales, con más gente en campo contrario.

Aun así, el partido seguía sin romperse del todo. El Elche estaba cómodo, sin sufrir en exceso. Y en medio de todo, una escena que reflejó bien la tensión del momento: la sustitución de David Carmo, que abandonó el campo entre gestos de enfado y tuvo que ser calmado por sus propios compañeros tras encararse con parte de la grada. Otro episodio más de una temporada complicada en todos los sentidos.

Y entonces, cuando parecía que el tiempo se agotaba sin remedio, llegó un pequeño rayo de esperanza. Escandell sacó rápido en largo, Ilyas Chaira ganó la acción y marcó. Primero fue anulado, pero el VAR corrigió la decisión. 1-2. De repente, el Tartiere despertó.

Ahí sí apareció el corazón. Con Cazorla al mando, el Oviedo empezó a empujar de verdad. No siempre con claridad, muchas veces a base de centros laterales y más fe que fútbol, pero con una intención que no se había visto en la primera parte. Chaira estuvo cerca de nuevo con un cabezazo desviado. Javi López puso un buen centro que nadie logró rematar. Se pidió un penalti sobre Viñas que no fue concedido.

El Elche, por primera vez en todo el partido, dudaba. Defendía más cerca de su área, acumulando gente, resistiendo. El Oviedo lo intentaba como podía, con lo que tenía, con el tiempo ya en contra. Cinco minutos de añadido que supieron a poco.

Y el final fue el que nadie quería. Derrota. Otra más. Quizá la definitiva.

Pero lo que vino después fue lo que de verdad explica todo. Lejos de los reproches, el Estadio Carlos Tartiere se levantó para aplaudir. Durante varios minutos. Un aplauso largo, sincero, cargado de tristeza pero también de reconocimiento.

Porque aquí, en esta afición, hay una línea muy clara: se puede fallar, se puede perder, se puede incluso descender. Pero lo único que no se negocia es la actitud. Y en esa segunda parte, el equipo, al menos, se dejó la piel.

Quizá haya sido demasiado tarde. Quizá ya no alcance. Pero ese aplauso final, con Santi Cazorla al frente del grupo, resume mejor que nada lo que ha sido esta temporada: dolor, dudas… y un orgullo que, pase lo que pase, sigue ahí.