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El aire de octubre en Ourense tiene ese punto de magia que sólo entiende quien ha pasado una tarde en O Couto. El estadio se levanta entre el frío y el humo de las castañas, con ese rumor de gente que llega sin saber si va a ver una gesta o una despedida. Hoy, la Copa del Rey vuelve a casa, y eso ya basta para que algo tiemble por dentro.

El Ourense CF, tan castigado en liga, parece otro cuando suena el himno de la Copa. Hay algo en esa mezcla de nervio y orgullo que transforma cada pase, cada carrera. Los jugadores lo saben: aquí nadie les pide ganar, pero todos sueñan con que lo hagan. Frente a ellos, el Real Oviedo, un equipo de Primera que llega con la mochila de la obligación. Son favoritos, sí, pero la Copa no entiende de lógica, y menos en campos como este, donde la ilusión empuja más fuerte que la categoría.

Desde el túnel, se escuchará ese murmullo que precede a las grandes noches. Las luces encendidas, el aliento del público que se mezcla con el vaho del frío. Los del Ourense mirarán el escudo y recordarán que en este torneo las diferencias se borran si uno se atreve a creer. El Oviedo, con un once lleno de rotaciones, querrá imponer su ritmo, su jerarquía. Pero aquí, el césped se siente distinto. Aquí la pelota bota con la historia de las tardes imposibles, con la memoria de quienes vistieron esta camiseta para dejar algo más que un resultado.

Será una batalla de resistencias: la del Ourense, que juega con el corazón, y la del Oviedo, que juega con el deber. Quizá el partido se decida en un detalle: un error, una parada, un disparo que se enrede entre el aire húmedo y acabe siendo leyenda.