Si te ha gustado, COMPARTE

Se cumplen veinte años desde que se apagó la vida de Telmo Zarraonandia, pero hay figuras que no se van nunca. Zarra sigue estando ahí, en la memoria colectiva, en cada conversación sobre goles imposibles y en cada tarde grande del Athletic. Porque hablar de él es hablar de algo más que fútbol.

Nació en Erandio en 1921 y se convirtió en el gran referente del Athletic durante década y media. Debutó en 1940 y defendió la camiseta rojiblanca durante 15 temporadas. En ese tiempo marcó 335 goles en 354 partidos, una cifra que durante décadas pareció inalcanzable. Ganó una Liga, cinco Copas y una Copa Eva Duarte, fue seis veces máximo goleador y dejó una huella que el paso del tiempo no ha borrado.

Con la selección española jugó 20 partidos y marcó 20 goles. Pero hay uno que sigue latiendo con fuerza en la historia: el que anotó en el Mundial de 1950, en Maracaná, ante Inglaterra. Un toque sutil por encima del portero Bert Williams que todavía hoy se recuerda acompañado de la voz de Matías Prats. Fue un instante eterno.

Sin embargo, quienes le conocieron insisten en que su grandeza no estaba solo en el área. Zarra era también valores, respeto y deportividad. Como aquella vez que, al darse cuenta de que un rival estaba lesionado, renunció a marcar y envió el balón fuera. Un gesto que definía su manera de entender el deporte y la vida.

Veinte años después de su adiós, su figura ha trascendido generaciones. Su nieta, Adriana Bilbao Zarraonandia, bailaora, le rindió homenaje con un espectáculo titulado Zarra, estrenado en el Teatro Arriaga de Bilbao. Una fusión de flamenco y fútbol nacida del cariño y la admiración hacia su aitite. Adriana confiesa que fue un proceso intenso y muy emotivo, y sueña con poder representarlo algún día en el centro del campo de San Mamés.

Ella recuerda a su abuelo como un hombre divertido, cercano, al que le encantaba bailar. Eran uña y carne. Vivía el Athletic con tanta pasión que a veces sufría demasiado viendo los partidos. Incluso se marchaba al descanso porque los nervios podían con él. Disfrutaba y sufría a la vez, como tantos aficionados, pero con el peso añadido de ser leyenda.

También sus rivales le respetaban profundamente. En un homenaje en San Mamés en 1997, el abrazo con Alfredo Di Stéfano y con el propio Williams fue una imagen cargada de simbolismo. Más allá de los colores, quedaba el reconocimiento mutuo entre gigantes.

Con el paso del tiempo, Adriana ha ido tomando conciencia de la dimensión real de su abuelo. De pequeña le sorprendía que la gente le parara por la calle, pero no entendía del todo por qué. Hoy sabe que no solo fue un delantero extraordinario, sino una persona que supo llevar con humildad el peso de ser mito.

Dos décadas después, Zarra sigue siendo sinónimo de gol, sí, pero sobre todo de humanidad. Y eso, quizá, es su mayor legado.