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En los dieciseisavos de final de la Copa del Rey, el sorteo ha decidido que el Ourense CF reciba nada menos que al Athletic Club en un duelo a partido único que se jugará en el Estadio de O Couto. Una noche grande en casa, en ese templo modesto pero vibrante donde el fútbol se siente a un palmo del césped y donde cada gol retumba como si fuera eterno. Será allí, en ese escenario que huele a historia y a barrio, donde Ourense intentará desafiar a uno de los gigantes de nuestro fútbol.

El Athletic Club llegará a O Couto como llegan los viejos gigantes a los pueblos pequeños: con una mezcla de solemnidad y ruido, de respeto y amenaza. No hace falta que despliegue su escudo para intimidar; basta con la manera en que camina. Hay equipos que pisan el césped como si lo acariciaran, pero el Athletic lo pisa como quien conoce su oficio desde hace cien años: firme, seguro, acostumbrado a que los partidos importantes lo encuentren preparado.

Lo primero que sorprende del Athletic no es un nombre ni un futbolista en particular, sino su presencia. Esa especie de aura, de certeza absoluta en lo que son. No necesitan estrellas importadas ni fichajes multimillonarios: su grandeza está hecha de barro vasco, de cantera, de identidad sin grietas. Cada jugador que viste su camiseta se siente parte de algo mayor, y eso se nota en cada carrera, cada choque, cada mirada rápida antes de recomenzar el juego.

Cuando el árbitro pita, el Athletic rompe el partido desde la intensidad. No especulan; no son de esos equipos que tantean al rival buscando qué ocurre. No: ellos ya saben lo que quieren y van a por ello como se empuja una puerta cuando sabes que al otro lado hay luz. Su presión es un lenguaje propio: avanzan en bloque, muerden arriba, convierten un pase sencillo en un examen y un balón dividido en una guerra breve.

Se nota que vienen de San Mamés, ese lugar donde el fútbol no es deporte sino carácter. El Athletic juega con ese carácter: duros sin mala intención, nobles sin candidez. Son un equipo que impone respeto sin necesidad de violencia, como los árboles viejos que no necesitan moverse para demostrar su tamaño.

Sin embargo, lo que más define al Athletic no es la fuerza, sino el ritmo. Un ritmo alto, sostenido, que obliga a respirar rápido al rival. Sus extremos corren como si fueran perseguidos por el viento, sus laterales aparecen una y otra vez por la banda, como olas que nunca se cansan. Y cuando el balón llega al área, su delantero —sea quien sea— se convierte en estatua y martillo a la vez: fija, aguanta, descarga, gira, remata. En el Athletic cada rol tiene historia, y cada jugador lo respeta.

Pero hay algo más profundo aún: el Athletic es un equipo que se siente favorito incluso antes de que el partido empiece. Esa confianza es peligrosa… y a veces un arma de doble filo. Porque cuando un gigante está acostumbrado a que todo dependa de él, cualquier resistencia inesperada puede desordenarle los latidos.

Y ahí aparece la grieta.

Porque el Athletic es fuerte, sí, pero no indestructible.

Sufre en los campos donde el partido se hace estrecho, donde la gente aprieta, donde un balón despejado se convierte en una explosión de ruido. Sufre cuando el rival no se asusta, cuando el césped está húmedo, cuando la grada está tan cerca que casi se escucha la respiración. También sufre cuando no marca pronto, cuando el tiempo empieza a pesar, cuando la paciencia se confunde con ansiedad.

O Couto —todo el mundo lo sabe— es el tipo de lugar donde el Athletic puede sentir ese temblor. No porque sea un estadio enorme, sino precisamente porque no lo es. Porque allí, la épica es más grande que las dimensiones del campo. Allí, cada córner defendido parece heroico, y cada contraataque rival se siente como un desafío al orden establecido.

Por eso, aunque el Athletic llegará como favorito y con la autoridad de un equipo grande, no lo hará con tranquilidad. Saben que en la Copa del Rey el pasado no juega, y que los gigantes, cuando tropiezan, lo hacen siempre en estadios como este, y siempre contra rivales que creen en sí mismos más de lo que el mundo espera.

El Athletic es un gigante.

Pero hasta los gigantes tiemblan cuando la tierra se mueve bajo sus pies.

Y en O Couto, esa tierra, a veces, late.