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Asturias vuelve a mirar al cielo. Se cumplen ocho años de la muerte de Enrique Castro González, Quini, y el tiempo no ha conseguido apagar su recuerdo. Porque hay futbolistas que dejan estadísticas. Y hay otros que dejan huella. Quini dejó las dos cosas.

Nacido en Oviedo el 23 de septiembre de 1949, se convirtió en el gran referente del fútbol asturiano y en el mito absoluto del Sporting. En El Molinón no fue solo un goleador: fue un símbolo. Allí creció, triunfó en dos etapas distintas y regresó después como delegado, siempre con esa sonrisa que parecía eterna. “El Brujo” no era un apodo exagerado. Tenía algo distinto.

Su legado deportivo impresiona todavía hoy. Siete trofeos Pichichi —cinco en Primera y dos en Segunda—, 216 goles en el fútbol español y un lugar privilegiado entre los grandes artilleros de la historia. Con él, el Sporting vivió las cotas más altas de su trayectoria. Cada domingo, la grada empujaba con un grito que ya forma parte de la memoria colectiva: “Ahora, ahora, ahora, Quini, ahora”.

Su talento lo llevó en 1980 al FC Barcelona, en un traspaso histórico de 80 millones de pesetas. En el Camp Nou siguió marcando goles y conquistó, entre otros títulos, la Recopa de Europa de 1982. Pero en Barcelona también vivió el capítulo más duro de su vida. El 1 de marzo de 1981, tras firmar un hat-trick ante el Hercules CF, fue secuestrado durante 25 días. España entera contuvo la respiración hasta su liberación, el 25 de marzo. Su regreso fue multitudinario, emocionante, inolvidable. Y al día siguiente, ya estaba entrenando. Así entendía él el fútbol. Así entendía la vida.

Se retiró en 1987, en un homenaje en El Molinón ante el Real Madrid, arropado por los suyos y con el gesto simbólico de su amigo Bernd Schuster vistiendo por unos minutos la camiseta rojiblanca. Pero la verdadera grandeza de Quini no se mide solo en goles ni en títulos.

Se mide en su capacidad de perdonar a quienes le hicieron daño. En la entereza con la que afrontó tragedias personales como la muerte de su hermano Jesús Castro. En su humildad intacta pese a la fama. En su cercanía diaria con empleados, canteranos y aficionados. En ese carácter bondadoso que convirtió a una estrella en alguien profundamente querido.

Ocho años después, su ausencia sigue doliendo. Pero su presencia continúa en cada rincón de El Molinón, en cada niño que sueña con marcar un gol, en cada ovación que se escapa cuando alguien pronuncia su nombre.

Quini no fue solo un delantero extraordinario. Fue una forma de sentir el fútbol. Y mientras Asturias siga recordándolo, el Brujo nunca se irá del todo.