Manolo Villanova: El corazón que siempre latió por el Real Zaragoza

Una tarde que sacudió al zaragocismo
La noticia cayó como un mazazo en la tarde de este sábado: Manolo Villanova, una de las figuras más influyentes en la historia del Real Zaragoza, fallecía a los 83 años tras una larga batalla contra el alzhéimer. Su marcha deja un vacío enorme en el club y en todo el fútbol aragonés. Formador, portero, entrenador, director deportivo, referente moral… Villanova fue todo eso y mucho más. Fue, sobre todo, un zaragocista de corazón.
Su despedida oficial tendrá lugar este lunes 8 de diciembre en Torrero, donde familiares, amigos, exjugadores y aficionados rendirán homenaje a una vida entera dedicada al balón y al león del escudo.
Un hombre que fue el Zaragoza en todas sus formas
Manolo Villanova no solo defendió la portería del club entre 1971 y 1975. Fue cantera, primer equipo, banquillo, Ciudad Deportiva, Secretaría Técnica… Fue un puente entre generaciones. Dejó su impronta en cada rincón del club, desde la formación de jóvenes talentos hasta la dirección del primer equipo en momentos críticos.
Su carrera comenzó en el Logroñés y el Deportivo Aragón, antes de pasar por el Nàstic, Mallorca y Betis. En todos dejó sello. Pero su alma, siempre, perteneció al Real Zaragoza.
La voz de los que crecieron con él
Los testimonios de quienes lo conocieron no solo hablan de sus conocimientos futbolísticos, sino de su grandeza humana.
Xavi Aguado, uno de los capitanes eternos del club, lo resume con emoción:
«Ha estado en todas las facetas del club. Es un embajador brutal. Una persona extraordinaria que te hacía entender que el fútbol es un sentimiento.»
Villanova, dice, era el ejemplo perfecto de lo que significa ser zaragocista.
También Félix Pérez Aguerri lo recuerda como uno de sus grandes valedores:
«Al Zaragoza lo tenía siempre en el corazón. Su amor por el club era permanente, incluso lejos de su tierra.»
Félix subraya que siempre estaba dispuesto a volver para ayudar, en cualquier circunstancia.
La huella en los guardianes de la portería
Pocos formadores dejaron tanta huella en los porteros blanquillos como Villanova. De su carácter exigente y paternal a la vez hablan tres guardametas que lo conocieron como maestro y como referente.
Andoni Cedrún lo sintetiza con claridad:
«Manolo está en la historia del Zaragoza. Era energía pura, un carácter impresionante. Está en el corazón del zaragocismo.»
Para César Láinez, que lo considera “la definición de un hombre de club”, su figura fue decisiva:
«Era lo más parecido a un padre que se podía tener en el deporte. Te enseñaba lo que era el mundo del fútbol.»
Láinez lamenta que el reconocimiento del club —la insignia de oro recibida esta temporada— llegara cuando él ya no podía disfrutarlo.
Y con voz rota, Eugenio Vitaller aporta quizá el retrato más íntimo:
«Siempre confió en mí. Era mi padre deportivo. Pura bondad, un maestro de la vida.»
Recuerda cómo Villanova incluso intercedió en su trabajo para que pudiera llegar a los entrenamientos: una muestra más de su entrega total.
Un legado eterno
Hablar de Manolo Villanova es hablar de un constructor de futbolistas y, sobre todo, de personas. Su nombre está ligado a cientos de historias de superación, disciplina, cariño y firmeza. Muchos jugadores no habrían llegado donde llegaron sin su guía. Muchos entrenadores aprendieron de su forma de mirar al fútbol: con pasión, con lealtad, con humanidad.
Él lo dio todo por el Zaragoza.
Y ahora el Zaragoza, y todo el fútbol aragonés, lo llora y lo celebra.
Su huella es imborrable.
Su legado es eterno.
Su recuerdo, para siempre.
Descanse en paz.








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