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El calendario de la Copa del Rey 2025/26 ha devuelto al Mallorca a un escenario con recuerdos intensos. Entre los bombos del sorteo, salió su nombre justo junto al del Deportivo de La Coruña, reavivando un viejo fuego: aquel play-off de ascenso a Primera de 2019 donde los bermellones remontaron un 2-0 en contra para dejar al Dépor herido, con el sueño de Primera arrancado y encajado en la memoria colectiva. 

Este cruce de dieciseisavos —un solo partido, a cara o cruz— se jugará en Riazor, su casa. Para muchos será más que un partido: será un choque de pasado, revancha y orgullo. El Deportivo llega con la necesidad de resarcirse, de vaciar las heridas abiertas hace años; el Mallorca, con la ambición de reafirmarse, de demostrar que aquella remontada no fue una casualidad, sino un símbolo de carácter.

La cita está prevista entre el 16 y el 18 de diciembre, lo que añade una carga extra: en medio de la vorágine de la temporada, entre jornadas de liga y exigencias deportivas, este duelo se asoma como una raya que divide el presente del recuerdo. 

No hay favoritismos claros cuando está en juego algo más que tres puntos. Para muchos hinchas de ambos equipos, el césped de Riazor será una especie de confesionario: allí se mezclan victorias, derrotas, odios sanos, nostalgias y la esperanza de escribir un nuevo capítulo.

Porque aunque el fútbol tiende a mirar hacia adelante, hay noches en las que el pasado pesa —y esta noche, puede pesar mucho.

Mallorca llega motivado, con la experiencia reciente de la Copa, con una plantilla curtida, consciente de la exigencia que supone enfrentarse a un histórico en su feudo. 

El Deportivo, por su parte, sabe que esa vuelta suya tiene aroma de revancha, de estadística rota, de orgullo herido buscando redención. Sabe que su afición recordará, en cada grito, el silencio del 2019.

Y en ese duelo de emociones —entre honor, venganza, presión y deseo—, la Copa volverá a decir su palabra. Porque en Riazor, el pasado y el presente se encuentran.