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La noticia ha sacudido con fuerza al entorno oviedista. Herrera, delantero en la década de los 80, fue uno de esos jugadores que marcaron una época en el Carlos Tartiere. Debutó con apenas 19 años y defendió la camiseta azul durante seis temporadas en Segunda División, acumulando 85 partidos oficiales y 19 goles. Formó parte, además, de la histórica plantilla que conquistó la Copa de La Liga de Segunda División en 1985, un logro único en la historia del club.

Sobre el césped, quienes compartieron vestuario con él lo recuerdan como un atacante con instinto, “un goleador nato, desequilibrante en espacios cortos”, capaz de decidir partidos con su olfato y su rapidez. Fuera de él, la imagen que deja es aún más profunda: la de una persona humilde, discreta y siempre respetuosa, valores que le acompañaron durante toda su vida.

Tras su etapa en el conjunto azul, su carrera continuó en numerosos equipos del fútbol español como Alzira, Cultural Leonesa, Granada o Pontevedra, además de varios clubes asturianos como Langreo o Marino de Luanco. Pero si algo definió a Herrera más allá de su etapa como futbolista fue su compromiso con el fútbol base.

Durante décadas dedicó su tiempo a formar a jóvenes jugadores, trabajando tanto en la cantera del Real Oviedo como en otros clubes. En la actualidad dirigía a un equipo infantil del Atlético Lugones, donde seguía transmitiendo su pasión por el fútbol y sus valores a nuevas generaciones.

En los últimos meses, aún se le podía ver ligado al club de su vida, participando en actos de veteranos y en el partido de leyendas celebrado en el Tartiere el pasado diciembre, en un reencuentro cargado de emoción con la afición azul.

El Real Oviedo ha lamentado profundamente su pérdida, sumándose al dolor de familiares y amigos. Su marcha deja un vacío enorme, no solo por lo que fue como jugador, sino por la huella humana que deja en todos aquellos que tuvieron la suerte de coincidir con él.