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El Sporting esquivó el desastre en el último segundo. Un penalti convertido por Gelabert sobre la bocina salvó un punto que sabe a poco, pero que evitó un golpe todavía más duro en un Molinón crispado y cansado de ver a su equipo tropezar jornada tras jornada. Ya van cinco sin ganar, y la sensación de fragilidad empieza a pesar.

Borja Jiménez movió piezas para dar aire al once: Dani Queipo regresó a la banda derecha, mientras que Juan Otero volvió a la titularidad en punta tras su lesión. El Andorra salió con más posesión, pero el Sporting fue quien golpeó primero… aunque sin gol. Gaspar Campos protagonizó la gran ocasión del primer tramo con un disparo que besó el poste. Fue el primer aviso de una tarde donde la puntería brilló por su ausencia.

Antes del descanso llegó el arreón que encendió a la grada. Guille Rosas se plantó solo ante Aron, pero su tiro centrado acabó en las manos del portero. Para rematar, Otero tuvo otra opción clara con un disparo cruzado que un defensa desvió en el último momento. El Sporting empujaba, pero la red seguía intacta.

Tras el descanso, el equipo salió más decidido. Presión alta, robos en zona peligrosa y sensación de que el gol podía caer en cualquier momento. Gelabert obligó a Aron a lucirse y Otero, en el rechace, vio cómo un defensa le sacaba el gol bajo palos. Era un déjà vu constante: llegar, llegar y llegar… sin premio.

Y entonces, el mazazo. Una pérdida en campo propio propició la carrera de Lautaro, que no perdonó en el mano a mano y silenció El Molinón con el 0-1. Los nervios se apoderaron del estadio, los pitos afloraron y el reloj corría a toda velocidad.

Pero el fútbol siempre guarda un giro final. En el último córner del partido, un cabezazo de Caicedo tocó en el brazo de un defensa. Revisión eterna, tensión máxima… y penalti. Gelabert tomó el balón, respiró y engañó a Aron para sellar el 1-1. Un alivio tardío, un premio mínimo y un mensaje claro: este Sporting necesita mucho más que épica a última hora para mirar hacia arriba.