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Cinco derrotas consecutivas, sólo seis goles en doce jornadas y un futuro que ya huele a descenso. El Real Zaragoza se muere poco a poco, sin reacción y con la angustia instalada en cada jornada. El equipo maño volvió a perder el domingo y ya ocupa, con pleno merecimiento, el último puesto de la tabla. La zona de salvación está a casi tres partidos de distancia, pero la dinámica apunta a un destino que pocos quieren pronunciar: Primera RFEF.

Una caída histórica

Hace 76 años, desde la temporada 1948/49, el Real Zaragoza no conoce la categoría de bronce del fútbol español. Trece temporadas consecutivas en Segunda y cuatro sufriendo para no descender han dejado un club agotado. Hoy, el peor desenlace se asoma con crudeza. Para alcanzar los 50 puntos —la cifra que suele garantizar la permanencia—, el conjunto aragonés tendría que ganar la mitad de los partidos que restan. Casi imposible a día de hoy.

13º clasificado en la temporada 2022-23, 15º en la 2023-24 y 18º en la última campaña. Las cifras hablan por sí solas: el rendimiento del club ha ido en claro descenso, reflejando que las cosas, en lo deportivo, no se están haciendo bien.

Una institución sin rumbo

En el Real Zaragoza existe un problema institucional que se arrastra desde hace más de una década. La afición zaragocista tuvo que soportar los años del ínclito Agapito Iglesias, que llevó al club a un concurso de acreedores y a una deuda colosal de casi 150 millones de euros.

En 2014 llegó la Fundación 2032, con ilustres nombres de empresarios aragoneses encabezados por César Alierta (expresidente de Telefónica), que lograron evitar la desaparición del Real Zaragoza. Sin embargo, a pesar de rozar el ascenso en su primer año —perdieron el play-off final en Las Palmas—, nunca devolvieron al club a su lugar natural.

La llegada de la nueva propiedad en 2022 se presentó como el inicio de una nueva era, pero dos años y medio después la confusión es total. Demasiados dueños, demasiadas voces y ninguna dirección clara. La sombra del Atlético de Madrid de Gil Marín, un presidente como Jorge Mas viviendo en Miami y un Consejo de Administración alejado de la realidad zaragocista han convertido al Real Zaragoza en un barco a la deriva.

El proyecto se ha centrado más en la Nueva Romareda que en el equipo. En lo deportivo, las decisiones han sido erráticas y la comunicación con la afición, inexistente. Nadie da la cara, nadie asume responsabilidades. La gestión, sencillamente, ha sido un desastre y la afición ya no les perdona.

Una plantilla insuficiente

La plantilla construida por Gabi Fernández y Txema Indias es, a todas luces, insuficiente. Se esperó al último día del mercado para fichar, se apostó por jugadores sin nivel para Segunda y se dejaron vacíos puestos clave. El resultado: seis goles en doce jornadas, casi un récord negativo. El Zaragoza es un equipo plano, sin recursos, que sobrevive más que compite.

La única esperanza pasa por llegar a enero con opciones y acertar con los fichajes de invierno, un plan que suena a utopía viendo el caos organizativo actual. La pregunta es: ¿quién va a querer venir al colista de Segunda División?

Directores deportivos, entrenadores…

La destitución de Juan Carlos Cordero en marzo fue el preludio del desbarajuste. El club estuvo tres meses sin director deportivo hasta la llegada de Txema Indias, retenido por el Leganés. En ese tiempo clave, no se planificó nada. Y, para colmo, se obligó a Indias a mantener a Gabi como entrenador, contra su criterio. El técnico madrileño fracasó y fue destituido hace un mes. Su sustituto, Rubén Sellés, apenas ha podido trabajar con una plantilla limitada y sin confianza: dos derrotas en dos partidos de Liga marcan su arranque.

Una afición herida

Zaragoza siempre fue una plaza de orgullo, de fútbol y de historia. Hoy, la afición se siente abandonada por unos dueños que prometieron futuro y solo han traído desilusión. Los cánticos de protesta ya suenan, pero lo más preocupante es el silencio, ese que duele más que los pitos. Siempre se escuchó entre la afición zaragocista: “La indiferencia matará al Real Zaragoza”, y hoy muchos se preguntan si esa indiferencia no se ha instalado ya entre los suyos.

Una Romareda demolida

El cambio temporal al Ibercaja Estadio ha resultado letal. El Zaragoza no ha ganado aún en el nuevo recinto y ha perdido la fuerza que siempre le dio su feudo histórico. Antes, La Romareda empujaba incluso en los momentos más oscuros, se recuerdan noches históricas donde el Real Zaragoza era llevado en volandas por un estadio que hoy ya no existe.

Hoy, el Ibercaja Estadio es un escenario frío y sin alma. La afición, agotada tras años de decepciones, empieza a desconectarse: el domingo se organizó la primera protesta, pero fueron pocos los que acudieron. Predominan el hastío, la indiferencia y el “esto ya lo hemos visto”.

El Real Zaragoza, con 93 años de historia, se asoma al abismo. Si no hay un golpe de timón inmediato, el descenso a Primera RFEF dejará de ser una amenaza para convertirse en una dolorosa realidad.