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El final más doloroso posible. En el día señalado, en ese partido marcado en rojo desde hace semanas, el Real Oviedo no estuvo. Ni en intensidad, ni en concentración, ni en esos detalles que sostienen a un equipo cuando se juega la vida. Cayó ante el Levante y lo hizo dejando una sensación difícil de digerir: la de un equipo que no supo competir cuando más lo necesitaba.

El golpe llegó demasiado pronto. Apenas en el minuto 4, un error incomprensible de Costas permitió a Carlos Espí adelantar a los locales con un disparo desde fuera del área. Fue el inicio de un tramo devastador. El Oviedo quedó aturdido, superado en cada duelo y sin capacidad de reacción. El Levante encontraba espacios con facilidad, mientras los carbayones se deshacían en cada presión mal ejecutada.

El 2-0, de nuevo con Espí como protagonista tras otra acción defensiva muy blanda, reflejaba lo que se veía sobre el césped… e incluso se quedaba corto. El Oviedo no existía cerca de su área y daba la sensación de que el partido podía romperse definitivamente en cualquier momento.

Pero el fútbol, caprichoso, ofreció una última ilusión. Cuando peor estaba el equipo, llegó un pequeño hilo de vida. Primero con un aviso de Nacho Vidal al larguero y, justo antes del descanso, con el gol de Chaira que recortaba distancias. Ya en el añadido, un penalti transformado por Fede Viñas devolvía el empate. Un 2-2 inesperado, casi inexplicable.

El descanso abría una oportunidad. Quizá la última. Pero el Oviedo volvió a tropezar en lo mismo. En lo básico. En lo que no se puede negociar. Un balón a la espalda de la defensa permitió al Levante recuperar la ventaja con el tanto de Iker Losada, en otra acción donde faltó contundencia y sobró fragilidad.

A partir de ahí, el tiempo empezó a pesar. Almada movió el banquillo buscando una reacción que nunca terminó de llegar. El equipo tuvo más balón, pero no supo qué hacer con él. Sin claridad, sin precisión y sin colmillo, el Oviedo fue perdiendo poco a poco la fe.

El Levante, cómodo en su papel, esperó su momento. Y lo encontró en el descuento, cuando un nuevo error defensivo permitió a Iván Romero cerrar el partido. El 4-2 fue el golpe definitivo.

Más allá del resultado, queda la sensación. La de una oportunidad desperdiciada. La de un equipo que se descompone cuando más se juega. Y, sobre todo, la de un descenso que ya no parece una amenaza lejana, sino una realidad cada vez más cercana.