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El Carlos Tartiere se convirtió en un túnel del tiempo. Durante dos horas mágicas, el oviedismo pudo cerrar los ojos y viajar por cien años de historia, sentimiento y fidelidad a unos colores que cumplirán su centenario el próximo 26 de marzo. Más de 120 exjugadores de distintas generaciones se reunieron sobre el césped para rendir homenaje a un club que ha sobrevivido gracias a su gente y a quienes defendieron el escudo cuando más lo necesitaba.

Desde los años 60 hasta el presente, el verde del Tartiere acogió a leyendas de todas las épocas. Volvió a lucir Marianín, pichichi de Primera en la temporada 1972-73; regresó la mítica dupla Carlos Muñoz-Hicks; se reencontraron con su casa futbolistas que brillaron en la élite y regresaron para rescatar al club, como Esteban o Michu; y estuvieron también los héroes del barro, los que pelearon en las categorías más duras para que el Oviedo siguiera vivo. El presente tuvo un nombre propio: Santi Cazorla, símbolo de identidad y oviedismo puro, compartiendo césped con quienes marcaron su infancia.

Treinta años después, Nenad Gracan volvió a pisar Oviedo. El fino centrocampista que enamoró al viejo Tartiere regresó como uno más de la familia. Junto a él, otros nombres imborrables como Dely Valdés, ‘Tito’ Pompei, Abel Xavier o Franck Rabarivony atendieron la llamada de la APARO y Fondo Norte para construir una jornada irrepetible que unió pasado y presente alrededor de un mismo sentimiento.

Esteban, voz autorizada del oviedismo, explicó por qué este club deja huella: “No somos un club de grandes títulos, no somos materialistas, pero somos muy sentimentalistas”. Un vínculo que traspasa fronteras y camisetas: “Cuando voy por Madrid o Barcelona siempre me dicen ‘Esteban, el del Oviedo’. Jugué en muchos equipos, pero aquí es donde la gente te recuerda”.

Pompei puso el acento en quienes sostuvieron al club en los momentos más oscuros: “Los verdaderos héroes del Oviedo son los que estuvieron en Tercera. Ellos mantuvieron viva la llama”. Gracan reforzó esa idea de pertenencia: “Nací en Rijeka, es mi casa, pero el Oviedo es igual de importante para mí”. Dely Valdés recordó lo que hace diferente a este club: “Marca por su gente. Eso no se olvida”.

Abel Xavier dejó un mensaje para el futuro: “Este club está profundamente conectado con su afición. No se puede perder la identidad. El fútbol cambia, pero los valores del Oviedo deben permanecer”. Y fue claro: “Para triunfar no basta con calidad, hace falta corazón y pasión. El aficionado quiere compromiso”.

Santi Cazorla, el más aclamado, fue el nexo perfecto entre generaciones. Aquel niño que recogía balones viendo a sus ídolos, hoy comparte césped con ellos y carga sobre sus hombros la responsabilidad de liderar al equipo hacia la permanencia. Porque no hay mejor regalo para un centenario que celebrar los 100 años de vida en la máxima categoría.

El Oviedo no solo recordó su historia. La sintió. Y la abrazó como lo que es: su mayor orgullo.