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El RC Celta venció al Paok en un partido brillante de los celestes (1-2). Iago aspas adelantó a los vigueses en el electrónico y Williot Swedberg puso la guinda al pastel.

Salónica no es un destino amable. Mucho menos el Toumba. El estadio del PAOK ruge, aprieta, intimida. Pero el Celta no viajó a Grecia a sobrevivir, sino a competir. Y en una noche de fútbol europeo de las que exigen personalidad, el equipo celeste salió reforzado, dejando una victoria de peso y una sensación aún mayor: este equipo sabe jugar este tipo de partidos.

PAOK : Tsiftsis; Kenny, Lovren, Vogliacco, Taylor; Ozdoev, Camara; Zivkovic, Zafeiris, Taison; Jeremejeff.

CELTA DE VIGO: Radu; Starfelt, Javi Rodríguez, Marcos Alonso; Mingueza, Moriba, Miguel Román, Carreira; Swedberg, Borja Iglesias, Iago Aspas.

Desde el primer minuto se vio un Celta valiente, ordenado y con una idea clara. Sin rifar la pelota, sin caer en la trampa emocional del ambiente. Circulación paciente, presión tras pérdida y una serenidad impropia de quien pisa un escenario tan volcánico. El PAOK intentó imponer vértigo; el Celta respondió con criterio.

El premio llegó antes del descanso, cuando el partido empezaba a calentarse. En una acción que resumió todo lo que fue el conjunto vigués, la pelota viajó con sentido hasta encontrar a Iago Aspas, que hizo lo que llevan años viendo las gradas de Balaídos: controlar el tiempo del ataque en un solo gesto. Recorte breve, espacio mínimo, definición impecable. Gol de capitán, gol de líder.

El tanto no encogió al rival, pero sí reforzó la convicción visitante. El Celta entendió que el partido pedía más ambición, no más prudencia. Y ahí apareció la segunda dentellada. Una jugada tejida con paciencia, de las que desgastan defensas y silencian estadios, terminó con Swedberg atacando el área con determinación. El remate, seco y preciso, amplió la ventaja y heló momentáneamente el Toumba.

La segunda parte fue otra batalla.

El PAOK adelantó líneas, empujado por orgullo y grada. Llegaron los centros, los duelos, el fútbol incómodo. El Celta, lejos de descomponerse, se ajustó. Sufrió, sí. Pero sufrió bien. Cada despeje tuvo sentido, cada repliegue estuvo sincronizado.

El gol local, mediado el segundo acto, devolvió la tensión al ambiente. El estadio volvió a rugir. El partido se convirtió en un ejercicio de resistencia emocional. Ahí emergió la versión más competitiva del conjunto gallego: líneas juntas, ayudas constantes, oficio europeo.

Los minutos finales se jugaron más con la cabeza que con las piernas. El PAOK buscó el empate con más corazón que claridad. El Celta defendió la ventaja con madurez, sabiendo que en eliminatorias así no siempre gana quien más ataca, sino quien mejor gestiona el caos.

El pitido final dejó algo más que un resultado favorable. Dejó la impresión de un equipo que compite sin complejos en Europa, que entiende los ritmos, que no se desmorona cuando el contexto aprieta.

La eliminatoria sigue abierta. Pero el Celta, en uno de esos campos donde los partidos se juegan también contra el entorno, ya ha demostrado que tiene algo imprescindible en estas noches: carácter.