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El Real Oviedo cayó por la mínima ante el Atlético de Madrid en el Carlos Tartiere en un partido que deja una sensación de injusticia difícil de digerir. Los azules fueron mejores durante muchos tramos, generaron las ocasiones más claras y se toparon una y otra vez con un Jan Oblak gigantesco. Y cuando el empate parecía el mínimo premio a tanto esfuerzo, un gol de Julián Álvarez en la última acción del descuento convirtió una noche notable en otra herida abierta.

El Oviedo salió convencido, valiente, con esa presión alta que contagia a la grada. Fede Viñas fue el símbolo desde el primer minuto: persiguiendo cada balón, incomodando la salida rival y obligando incluso a Oblak a apurarse más de la cuenta. El equipo de Almada quería el partido y lo demostró desde el inicio.

No fue un encuentro brillante en lo futbolístico, pero sí intenso. Mientras el Atlético apenas encontraba a sus hombres más creativos y vivía de intentos aislados, el Oviedo crecía cuando lograba acelerar. Ilyas Chaira encontró a Viñas a la espalda de la defensa y el uruguayo, algo escorado, no logró superar al meta esloveno. Fue la primera gran ocasión. Después llegarían más.

Hassan, de menos a más, empezó a desnivelar por banda y por ahí llegó otra clara: centro medido y cabezazo de Chaira que obligó a Oblak a sacar una mano salvadora. Antes del descanso, Reina tuvo la suya tras una acción a balón parado, pero otra vez apareció el portero rojiblanco. El Tartiere despidió a los suyos con una ovación sincera, consciente de que el equipo estaba compitiendo de tú a tú ante un gigante.

En la segunda parte el guion apenas cambió. El Atlético movió el banquillo buscando jerarquía, pero el Oviedo no se encogió. Viñas volvió a probar desde la frontal tras un robo y más tarde firmó la ocasión que pudo cambiarlo todo: control orientado y zurdazo potente que Oblak volvió a desviar. El mejor del rival era, sin discusión, su portero.

Los minutos finales fueron un ejercicio de fe y resistencia. Cazorla intentó poner pausa y claridad, Ilic se precipitó en una buena acción y Thiago Fernández lo intentó al palo corto. El Oviedo seguía creyendo, empujado por un Tartiere que apretaba como en las grandes noches. Incluso hubo un susto con un gol anulado al Atlético por fuera de juego. Parecía que el empate, al menos, se quedaría en casa.

Pero el fútbol no siempre premia al que más lo busca. En la última jugada, ya con el tiempo agotado, Julián Álvarez encontró un hueco dentro del área y batió a Escandell. Sin margen para reaccionar. Sin justicia. Solo silencio y esa sensación amarga de haber hecho mucho para quedarse sin nada.

El Real Oviedo cayó, sí. Pero compitió con orgullo, fue valiente y mereció más. El aplauso final del Carlos Tartiere no fue de consolación, fue de reconocimiento. Porque hay derrotas que duelen especialmente cuando no las sientes tuyas. Y esta fue una de ellas.

Galería : Ana Vázquez Prado©️