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El 2025 no fue un año sencillo para el Real Sporting de Gijón. Fue un año de esos que no se miden solo en resultados, sino en carácter, identidad y fidelidad. Un año en el que El Molinón volvió a demostrar que, pase lo que pase, el Sporting nunca camina solo.

El equipo vivió meses de montaña rusa. Hubo momentos de ilusión, cuando parecía que el sueño del ascenso podía volver a asomarse, y también fases de frustración, en las que los objetivos se alejaron y el golpe anímico fue duro. Pero si algo definió al Sporting en 2025 fue su capacidad para levantarse, para competir incluso cuando el viento soplaba en contra.

La grada fue, una vez más, el verdadero motor. El Molinón empujó cuando las piernas fallaban y sostuvo al equipo en los días grises. Cada partido fue una demostración de lo que significa ser del Sporting: sentimiento, pertenencia y orgullo de barrio. No hubo reproches vacíos, sino exigencia desde el amor a unos colores que no entienden de rendición.

En el vestuario también se vivieron momentos complicados. Cambios, lesiones, decisiones difíciles y una presión constante por estar a la altura de un escudo con tanta historia. Aun así, el equipo mantuvo la dignidad competitiva y dejó claro que el Sporting siempre pelea, aunque no siempre gane.

El 2025 no será recordado como un año de grandes celebraciones, pero sí como uno de fortaleza emocional. Un año en el que el sportinguismo volvió a mirarse al espejo y reconocerse: fiel, crítico, apasionado y eterno.

Porque el Sporting no es solo un club. Es una forma de sentir. Y eso, pase lo que pase, nunca se pierde.