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El partido entre Coruxo y Real Ávila en O Vao terminó en empate 1‑1, pero la jornada dejó una sombra que trasciende el marcador. Al concluir el encuentro, en la sala de prensa, se produjo un altercado que ha encendido la polémica. Según denunció el Coruxo FC, Marc García Puig, entrenador del Ávila, presuntamente agredió a su jefe de prensa, un colaborador del club que se desplaza en silla de ruedas.

El relato del club gallego señala que, al abandonar la sala, el técnico habría dado una patada a la silla de ruedas de la víctima, provocando su caída. El impacto generó un ataque de ansiedad en el afectado, que tuvo que ser trasladado al Hospital Álvaro Cunqueiro, donde recibió atención médica. El Coruxo emitió un comunicado condenando “de manera enérgica la presunta agresión física sufrida por nuestro directivo” y dejando claro que “la violencia no tiene cabida en nuestra institución ni en el deporte”. El jefe de prensa presentó denuncia formal, respaldado por varios testigos que corroboran la caída tras la patada.

Por su parte, el Real Ávila rechazó categóricamente la acusación. En un comunicado, el club defendió la integridad de su entrenador, calificando las denuncias de “infundadas” y afirmando que testigos presentes aseguran que “en ningún momento se produjo la situación descrita”. Además, anunció que presentará una denuncia por injurias para proteger la reputación de García Puig.

La contradicción entre ambas versiones deja el caso abierto y bajo investigación, y subraya cómo un partido de fútbol puede derivar en un conflicto grave más allá del césped. Lo ocurrido plantea preguntas sobre la responsabilidad de los clubes, la protección de las personas con discapacidad y los límites del respeto en entornos profesionales como las salas de prensa. Mientras se esclarecen los hechos, la atención mediática permanece centrada en este incidente, que amenaza con empañar un encuentro que, en principio, debería haber sido solo deportivo.